miércoles, 23 de octubre de 2013

Comentario de La cámara lúcida, de Roland Barthes





La cámara lucida de Roland Barthes, es un escrito donde el autor nos muestra y describe, de forma rica, profunda y muy personal (con claras influencias por la reciente muerte de su madre), esa acción sensitiva producida al momento de contemplar una fotografía. Casi como una novela, Roland nos va introduciendo a una reflexión sobre los elementos que conllevan o son participes en la practica de la fotografía: el Operator (él que hace la foto), el Spectator (él que mira la foto) y el Spectrum (el objeto fotografiado). 

Respecto a este último, llama mi atención en particular por la relación que hace el autor con lo muerto, o lo que es lo mismo, de aquello que ha sido. Personalmente, cuando contemplo una fotografía, ya sea familiar, de amigos, lugares, objetos, etc., viene a mi una fuerte sensación de nostalgia, en el entendido de que son momentos que comprendo no se volverán a repetir,  quedando inevitablemente esa vacio, ese anhelo de volver a vivirlo y sobre todo, de saber que ya no volverá a ser. Relaciono un poco esta cuestión con un acontecimiento que marco mi vida: la muerte de mi abuelo. En su lecho de muerte, me negué profundamente a verlo sin vida, pues no estaba dispuesta a quedarme con el vacio de su ausencia grabado en mi mente con una escena como esa, es decir, me negué a crear en mi una imagen que cuando la recordara me hiciera sentir una nostalgia profunda. Desde luego que este acontecimiento me produjo bastante tristeza, pero lo recuerdo sonriendo, leyendo, durmiendo, en fin… vivo.

Volviendo a la lectura, Barthes nos presenta la estructura del stadium, entendido como aquel gusto por algo pero sin una atención especial; y el punctum, comprendido como una especie de impacto (una punzada) generado regularmente por un detalle en el que se fija el ojo. A mi parecer, esta es la parte más preponderante del libro, ya que nos recuerda que contemplar una fotografía no sólo conlleva un proceso técnico, sino un proceso complejo que tiene que ver con las sensaciones y preguntas que nos provoque en sí mismo. Barthes nos ilustra este concepto de forma muy clara a través de una serie de fotos de artistas como Lewis H. Hine, Nadar, Andre Kertész, wiliam Klein, etc. 

Asimismo, Roland considera que existe un tipo de fotografía que, aunque posee el studium, carece por completo de un destello que atraiga o lastime, definiéndolo fotografía unaria: trivial, quizás sólo compositiva. En este grupo se pueden encontrar la fotografía pornográfica y la de reportaje. Para él, no existe la posibilidad de realizar un enlace entre el studium y el punctum; se trata de una copresencia. El punctum muy a menudo es un “detalle”, que en ocasiones puede llenar toda la foto. Mientras el studium está siempre codificado, el punctum no lo está y siempre es innombrable, casi imperceptible. El punctum tanto si se distingue como si no, es un suplemento: es lo que añado a la foto y que sin embargo está en ella. 

De esta forma,  para Barthes la imagen no es un signo porque prima en ella su poder de autentificación sobre el de representación y, por eso resulta, de especial interés sus argumentos sobre el punctum.




 

martes, 1 de octubre de 2013

Cuando contemplo una imagen

En primera estancia, quisiera comentar que parecía ser una tarea sencilla pensar en los  “pasos”, por decirlo de alguna forma, que sigo cuando contemplo una imagen que me agrada. Es una reflexión que no había considerado y una vez que comencé a realizarla fue curioso dar cuenta del profundo proceso mental por el que se atraviesa. Me asombró saber en todo aquello que, de manera inmediata y casi involuntaria, sucede al observar una “simple” imagen.

Ahora bien, cuando tengo enfrente una imagen, lo primero que “salta” a mis ojos son los contrastes que posee. Me he percatado, que entre más marcados sean, casi exagerados, atrae más aún mi mirada e interés. Después de este contraste visual, viene esa sensación interna de querer o no continuar observando. Es algo casi como dejar de respirar por un breve momento (incluso diría que es como si quisiera inmovilizarme al igual que la fotografía).  Una vez hecho esto, continúo por la búsqueda de una especie de orden, es decir, de perpendicularidad, horizontes fijos, espacios que se justifiquen, equilibrio en los objetos, etc. He notado que este orden en las imágenes provoca en mi tranquilidad, experimento una sensación de relajación.

Concretados estos primeros pasos, prosigo a la sección de preguntas: ¿Qué es?, ¿Dónde es?, ¿Qué tan compenetrado será con el autor lo que observo?, ¿Es algo que ve el autor a diario?, si se trata de algún objeto antaño (oxidado, roto, desgastado, etc.) ¿Qué historia existirá tras ello?, ¿Porqué decidió o que pasaba por la mente de autor?


Claro está que los cuestionamientos varían dependiendo la imagen. Sin embargo, en la mayoría de ellas, al final, me pregunto y queda en mi mente por un largo momento, cómo es que el mundo y nuestros entornos cotidianos, están llenos de imágenes increíbles, de espacios, objetos, personas, eventos, formas, colores, texturas y más, que vivimos a diario y muchas veces no percibimos.