La cámara
lucida de Roland Barthes, es un escrito donde el autor nos
muestra y describe, de forma rica, profunda y muy personal (con claras
influencias por la reciente muerte de su madre), esa acción sensitiva producida
al momento de contemplar una fotografía. Casi como una novela, Roland nos va
introduciendo a una reflexión sobre los elementos que conllevan o son
participes en la practica de la fotografía: el Operator (él que hace la foto),
el Spectator (él que mira la foto) y el Spectrum (el objeto
fotografiado).
Respecto a este último, llama mi atención en
particular por la relación que hace el autor con lo muerto, o lo que es lo
mismo, de aquello que ha sido.
Personalmente, cuando contemplo una fotografía, ya sea familiar, de amigos,
lugares, objetos, etc., viene a mi una fuerte sensación de nostalgia, en el
entendido de que son momentos que comprendo no se volverán a repetir, quedando inevitablemente esa vacio, ese
anhelo de volver a vivirlo y sobre todo, de saber que ya no volverá a ser.
Relaciono un poco esta cuestión con un acontecimiento que marco mi vida: la
muerte de mi abuelo. En su lecho de muerte, me negué profundamente a verlo sin
vida, pues no estaba dispuesta a quedarme con el vacio de su ausencia grabado
en mi mente con una escena como esa, es decir, me negué a crear en mi una
imagen que cuando la recordara me hiciera sentir una nostalgia profunda. Desde
luego que este acontecimiento me produjo bastante tristeza, pero lo recuerdo
sonriendo, leyendo, durmiendo, en fin… vivo.
Volviendo a la lectura, Barthes nos presenta la
estructura del stadium, entendido como aquel gusto por algo pero sin una
atención especial; y el punctum, comprendido como una especie de impacto
(una punzada) generado regularmente por un detalle en el que se fija el ojo. A
mi parecer, esta es la parte más preponderante del libro, ya que nos recuerda
que contemplar una fotografía no sólo conlleva un proceso técnico, sino un proceso
complejo que tiene que ver con las sensaciones y preguntas que nos provoque en
sí mismo. Barthes nos ilustra este concepto de forma muy clara a través de una
serie de fotos de artistas como Lewis H. Hine, Nadar, Andre Kertész, wiliam
Klein, etc.
Asimismo, Roland considera que existe un tipo de
fotografía que, aunque posee el studium, carece por completo de un destello que
atraiga o lastime, definiéndolo fotografía unaria: trivial, quizás sólo
compositiva. En este grupo se pueden encontrar la fotografía pornográfica y la
de reportaje. Para él, no existe la posibilidad de realizar un enlace entre el
studium y el punctum; se trata de una copresencia. El punctum muy a menudo es
un “detalle”, que en ocasiones puede llenar toda la foto. Mientras el studium
está siempre codificado, el punctum no lo está y siempre es innombrable, casi
imperceptible. El punctum tanto si se distingue como si no, es un suplemento:
es lo que añado a la foto y que sin embargo está en ella.
De esta forma,
para Barthes la imagen no es un signo porque prima en ella su poder de
autentificación sobre el de representación y, por eso resulta, de especial
interés sus argumentos sobre el punctum.